Un último baile: Rodrigo Guzmán cierra con solidez su carrera en el ballet

Desde sus primeros pasos en el escenario como un joven proveniente de Punta Arenas, hasta convertirse en un destacado referente del ballet en Chile y Latinoamérica, Rodrigo Guzmán ha cautivado a la audiencia con su gracia y destreza. A lo largo de su brillante carrera, Guzmán ha elevado el arte del ballet, dejando una huella imborrable en los en los espacios escénicos.

Por Juan Ignacio Dietsch G. Fotografías: Patricio Melo y Edison Araya

Rodrigo Guzmán, aclamado bailarín chileno nacido en Punta Arenas en 1979, ha forjado una destacada carrera en el mundo de la danza clásica, siendo reconocido como Primer Bailarín Estrella del Teatro Municipal de Santiago. Su travesía en la danza comenzó a los 15 años, cuando inició clases de baile, y dos años después, al concluir su educación secundaria, decidió convertir su pasión en profesión al unirse a la Escuela de Ballet del Teatro Municipal en Santiago.

Bajo la tutela de distinguidos maestros como Pablo Aharonian, Georgi Christoff, y Claudio Muñoz, Rodrigo se formó como bailarín. En 1999, ingresó al Ballet de Santiago como aspirante, ascendiendo rápidamente al Cuerpo de Baile, donde deslumbró en roles protagónicos como Basilio en “Don Quijote” y Sigfrido en “Lago de los Cisnes”. Su ascenso a Primer Bailarín en 2004, directamente desde el cuerpo de baile, fue un hito extraordinario, evidenciando su excepcional destreza y dedicación.

A lo largo de su carrera, Rodrigo Guzmán ha interpretado roles memorables, como Escamillo en la versión de Carmen dirigida por Marcia Haydée, Petrucchio en “La Fierecilla Domada”, y Romeo en “Romeo y Julieta”, entre otros. Su técnica desinhibida, carisma y presencia escénica le han permitido ganar reconocimientos y premios, destacando su versatilidad y habilidad para encarnar diversos personajes.

Sin embargo, la travesía de Rodrigo no ha estado exenta de desafíos. Diagnosticado con artritis reumatoide hace más de una década, ha enfrentado adversidades de salud que no han mermado su determinación. En momentos difíciles, como cuando sufrió la rotura del tendón de Aquiles, su voluntad y tenacidad lo llevaron a superar las dificultades y regresar al escenario con más fuerza que nunca.

A sus 44 años, Rodrigo Guzmán, el bailarín más condecorado de la danza clásica chilena, se prepara para despedirse de los escenarios después de 25 años de una carrera excepcional. Condecorado con los máximos galardones de la danza, su legado perdurará en la historia del ballet chileno. En la programación de 2024 del Teatro Municipal de Santiago, el destacado regreso de “Zorba, el Griego” marcará esa despedida, dejando un vacío que solo un artista de su calibre puede llenar. En conversación exclusiva con Revista Troy repasa su carrera, aquella que lo convierte no solo en un gran bailarín, sino  que también en un ícono y referente para las generaciones venideras en el mundo de la danza clásica en Chile.

Foto: Patricio Melo

¿Podrías compartir algunas razones que hacen que “Zorba, el griego” sea una obra tan significativa para ti?

Principalmente, esta obra adquiere una relevancia especial en mi carrera debido al momento en que Marcia Haydée, una destacada bailarina y directora en esa etapa del Ballet Santiago, tomó la decisión de introducir “Zorba, el griego” por primera vez en Chile al comienzo de la temporada de 2013, marcando así el inicio de una experiencia única.

Desde el principio, se me indicó que, para comprender mejor la historia, debía ver la película “Zorba, el griego” protagonizada por Anthony Quinn. Fue un ballet desafiante en el que tuve el honor de interpretar el papel de Zorba, y entre las funciones, recibí la extraordinaria noticia de ser nombrado bailarín estrella del Ballet de Santiago.

Este momento se convirtió en un hito histórico, ya que, hasta ese entonces, no había habido un bailarín estrella chileno en la historia del Ballet de Santiago. Además, el hecho de provenir de Punta Arenas añadió un componente adicional de significado. Para mí, este título honorífico representó un doble premio y dejó una marca indeleble en mi carrera, complementando la importancia intrínseca de la obra “Zorba, el griego”.

Foto: Patricio Melo

Si no fuera “Zorba, el griego”, ¿qué otra obra tendrías en mente para tu retiro?

Es una pregunta compleja, ya que a veces se trata de obras y en otras ocasiones de roles específicos; son numerosos los papeles que han dejado una marca significativa en mi carrera. Por ejemplo, en la temporada de 2024 presentaremos “La Bella Durmiente” con la coreografía de Marcia Haydée.

Recuerdo claramente cuando Marcia la trajo por primera vez en 2006, yo ya ostentaba el título de primer bailarín desde hace 2 o 3 años. Fue en ese momento cuando me propuso el desafío de interpretar el papel de Carabosse, conocido en el cine como el personaje de “Maléfica”. Mi primera reacción fue de sorpresa y duda: “Marcia, no estoy seguro, ¿un rol femenino para mí? ¿Con peluca, uñas? No lo sé…” Sin embargo, ella me explicó que este papel sería enriquecedor para mi carrera desde el punto de vista interpretativo.

El desafío resultó ser tan significativo que considero este papel como una joya especial. Entre todo lo que he bailado en estos 25 años, son pocos los roles tan desafiantes que he tenido la oportunidad de interpretar. Por esta razón, creo que, si no fuera “Zorba, el griego”, mi elección para el retiro podría ser “La Bella Durmiente”.

¿Cuáles consideras que han sido los desafíos más significativos que has enfrentado a lo largo de tu carrera?

Carabosse, sin ninguna duda, también obvio Zorba. Otros roles, de esos papeles lindos que a uno le gustaría meter en el cajón de los recuerdos, fueron Petruchio de “La fierecilla domada”, Romeo de “Romeo y Julieta” e incluso Mercucio de la misma obra.

¿Cuál fue la razón principal que influyó en tu decisión de retirarte?

No fue una decisión tomada de manera inmediata, pero debido a algunas complejidades que surgieron en el Ballet de Santiago, empezó a rondar en mi mente la posibilidad de que la llama y la pasión que sentía por la danza podrían estar disminuyendo. El tiempo demostró que las circunstancias cambiaron de una manera que no esperaba.

Durante mi estancia en Europa con mi ex pareja, observándolo bailar, experimenté una revelación. Fue en ese momento cuando percibí que mis propias experiencias previas se vieron reflejadas en sus movimientos, como si estuviera reviviendo roles que ya había desempeñado. Al encontrarme en la parte baja del escenario, interactuando con el público, me percaté de algo crucial. Fue en ese instante que le expresé: “Oye, estoy experimentando lo mismo que cuando decidí ir a Santiago para sumergirme en el mundo del ballet”.

Fue entonces cuando comprendí que la chispa de ese bailarín, esa pasión desbordante y ese amor por el arte, permanecían inalterados; siempre estuvieron presentes.

¿Cómo surgió la idea de esta despedida?

La idea de esta despedida surgió cuando comencé a sentirme incómodo y tuve una conversación con la subdirectora de ballet del Teatro Municipal. Durante la charla, me informaron que mi nombre había surgido en discusiones dentro de la escuela y me propusieron unirme al equipo de maestros.

Fue en esos momentos de reflexión que me di cuenta de que a veces las circunstancias se presentan por alguna razón. Además, estaba a punto de irme sin despedirme adecuadamente cuando Carmen Gloria Larenas, la directora general del Teatro de Municipal de Santiago, me llamó y compartió la idea de organizar esta despedida. Consideró que sería una manera significativa de cerrar este capítulo como bailarín después de tantos años en la profesión.

¿Hay algún recuerdo particular que perdure en tu memoria a lo largo de estos años de carrera?

Creo que el simple hecho de haber llegado a formar parte del Ballet de Santiago, ni siquiera como estrella de alguna obra o principal, sino el hecho de haber llegado.

Cuando me trasladé a Santiago desde Punta Arenas, ya tenía las dudas de mi familia y de mi padre, quien en ese entonces era funcionario de la Fuerza Aérea; por lo tanto, era otra época. Observamos cómo el tiempo avanza y las circunstancias evolucionan. Hace 20 o 30 años, las cosas eran un tanto diferentes, y en esa época tampoco existían las redes sociales para comunicarse tan fácilmente.

¿Qué evolución has visto en el Ballet de Santiago estos años?

A lo largo de los años, he sido testigo de una notable evolución en el Ballet de Santiago. Actualmente, presenciar la construcción del cierre del curso de verano en colaboración con la Gran Escuela de París, la cuna misma del ballet con más de 300 años de historia, en el escenario del Teatro Municipal, es un hito significativo. Imaginar que esta prestigiosa escuela, donde todo comenzó, ahora se abre al mundo y confía en nosotros aquí en Chile en lugar de otras instituciones de renombre, marca un antes y un después para mí.

La escena actual en la que veo a personas en el escenario, a Carmen Gloria ofreciendo el micrófono para que cualquiera pueda expresar palabras de agradecimiento, especialmente a aquellos que provienen de regiones y otros países, así como a los profesores, es un momento indescriptible. Ver a las niñas expresar su gratitud con lágrimas, junto con los maestros que no pueden contener las suyas, contrasta enormemente con la realidad de hace años, cuando todo esto parecía casi inimaginable y solo podíamos vislumbrarlo en películas en formato VHS.

En la actualidad, soy miembro del primer cuerpo docente en colaboración con la Ópera de París. Este logro marca un hito significativo para la Escuela de Ballet de Santiago, destacando un muy impacto positivo para todos nosotros. En dos ocasiones, hemos viajado a París para asimilar y adoptar esta innovadora metodología, la cual hemos traído no solo a Santiago, sino también a diferentes regiones, con la esperanza de expandirla a nivel continental.

¿Tienes la intención de identificar y guiar a las futuras generaciones que serán representantes del ballet en Chile?

Sí, por supuesto. Siempre estamos en la búsqueda de las próximas generaciones, ya que este es el principal semillero de los futuros bailarines para nuestro querido Ballet de Santiago. Vamos con el mismo cariño que he tenido hacia esta institución, que ha sido mi hogar y mi segunda familia durante todos estos años. Ahora, estoy comprometido a transmitir con entusiasmo todo lo que he aprendido a lo largo de mi carrera a estas nuevas generaciones.

La actual alianza con la Ópera de París, establecida en Chile, ha captado la atención de personas provenientes de diversos países. Agradecemos, por supuesto, a la dirección de la escuela por hacer posible esta colaboración, brindando a todos la oportunidad de participar. Este hecho es especialmente evidente en el curso de verano actual, el cual estamos llevando a cabo con la participación de tres maestras del ballet francés.

Recientemente, hemos experimentado un aumento en la cantidad de personas que se han presentado a las audiciones para unirse a nuestra escuela, lo que refleja el creciente interés y la diversidad que esta colaboración ha generado.

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