Aunque el invierno pueda engañar con sus cielos grises, los rayos solares siguen activos y pueden dañar la piel. Protegerse todo el año es clave para mantenerla sana y joven.
En los días fríos y nublados es fácil olvidar que el sol sigue ahí, ejerciendo su influencia sobre nuestra piel. Aunque las temperaturas bajen y el cielo se cubra de nubes, los rayos UVA y UVB no se detienen. Ignorarlos puede provocar desde manchas y envejecimiento prematuro hasta quemaduras y, en casos más graves, melanomas.
El invierno incluso puede ser más engañoso que el verano: el reflejo del sol en la nieve puede aumentar su intensidad hasta un 80 % en comparación con la arena o el agua. Por eso, ya sea esquiando, paseando, pedaleando o en una simple excursión, la protección solar sigue siendo indispensable.

Un buen protector solar —en crema o fluido— es la primera línea de defensa. Elige un factor acorde a tu piel y al lugar donde estés; en la montaña, por ejemplo, se recomienda una protección más alta que en la ciudad. Si además incluye activos antienvejecimiento e hidratantes, ganarás un extra de cuidado. Aplícalo 20 minutos antes de salir y reaplica durante el día, sin olvidar zonas como las manos, que suelen quedar expuestas y desprotegidas.
Las gafas de sol y las gorras también son aliadas clave. Los rayos solares pueden afectar no solo la piel, sino también los ojos, provocando problemas como queratitis o cataratas. Elige lentes con filtro solar adecuado y, si haces deporte, opta por modelos que cubran bien los laterales.
La protección no es solo externa. Una alimentación rica en vitaminas antioxidantes A, B, C y E ayuda a mantener la piel sana y a retrasar los signos de envejecimiento. Y, como siempre, beber entre dos y tres litros de agua al día es esencial para mantener la hidratación, incluso en invierno.
El sol no entiende de estaciones; cuidarse es una tarea de los 365 días del año.
