Cuando la música nos reunió de verdad

Gran Concierto por la Hermandad y la noche en que cinco mil personas compartimos silencio, emoción y memoria en el Centro Cultural Estación Mapocho, en torno al estreno mundial de Raíces y Alas, sinfonía inspirada en el legado de Gabriela Mistral.

Por Francisca Vives K. / @franvivesk

Llegué temprano. Eran poco más de las seis de la tarde del lunes recién pasado y el calor todavía se sentía muy pesado en Santiago, pero nada de eso parecía importar. Afuera del Centro Cultural Estación Mapocho ya había una fila enorme de personas. Familias completas, adultos mayores tomados del brazo, niños inquietos, muchos jóvenes. Nadie sabía exactamente lo que iba a pasar, pero todos parecíamos intuir que no sería una noche cualquiera.

Adentro, la atmósfera era distinta. Había nervios, sí, pero también una energía vibrante, expectante. Más de 180 personas del coro ciudadano se preparaban para subir a un escenario que, para la mayoría, era completamente nuevo. Nunca antes se habían presentado en un espacio así. Los más ansiosos eran los cerca de cincuenta niños del coro infantil, todos vestidos de blanco, igual que los adultos del coro. Los músicos, por otro lado, de riguroso negro. Dos colores, dos planos, una misma respiración.

A las 18.45 se abrieron las puertas y la Estación comenzó a llenarse con una precisión admirable. Personas guiando al público hacia sus asientos, dispensadores de agua para enfrentar el calor, indicaciones claras, sonrisas. Todo estaba cuidadosamente pensado. A las 19.45 comenzó la transmisión, conducida por Montserrat Álvarez, quien entrevistó a los auspiciadores y realizó un enlace en directo con Vicuña. Treinta niños del coro provenían de ahí, desde la tierra de Gabriela Mistral. Gracias a Vibra Clásica, sus familias, amigos y vecinos pudieron verlos en pantallas gigantes instaladas tanto en Vicuña como en Pisco Elqui. Un detalle logístico que, en realidad, hablaba de algo más profundo: nadie quedaba fuera.

Y entonces comenzó el ritual

Desde el fondo de la nave, con la Estación completamente llena, comenzaron a entrar los músicos por ambos lados. Luego el coro ciudadano, integrado por personas de todas las edades, incluso adultos mayores que avanzaban con bastón, acompañados por la directora coral Virginia Bono y los profesores Sofía Tórres y Christian Castro. Cada salida era recibida con aplausos más intensos que los anteriores.

La ovación más espontánea llegó cuando, por el centro de la Estación, aparecieron los niños. Parecían pequeños angelitos, caminando juntos, con sus profesores Pierre González y Paloma Reyes. En ese momento algo se transformó en el ambiente. Vi ojos humedecidos, sonrisas contenidas, manos llevadas al pecho. Yo también me emocioné.

Con toda la masa coral instalada en la parte superior y los músicos ocupando el espacio inferior, llegó el momento de presentar a Alejandra Urrutia, una de las grandes directoras de orquesta de Latinoamérica, cuya presencia en el escenario no solo habla de hitos, como haber sido la primera mujer en liderar la Orquesta de Cámara del Teatro Municipal de Santiago o ser cofundadora de Vibra Clásica junto a Caroline Ward y Angélica Fanjul, sino de una manera profunda de entender la música como un espacio de encuentro, rigor y sensibilidad compartida. Hay directoras que conducen obras; Alejandra conduce climas, silencios y confianzas.

A su lado fue presentada la destacada mezzosoprano Javiera Barrios. Con todo dispuesto en escena, Alejandra invitó a subir a decir unas palabras a la ministra de las Culturas, Carolina Arredondo, quien habló de comunidad, de encuentro, y de cómo el arte y la música permiten regenerar el tejido social. Agradeció la colaboración entre el mundo público y privado, y destacó el rol de Vibra Clásica en la creación de espacios donde la cultura llega más lejos.

Antes de que la música comenzara, ocurrió un gesto profundamente simbólico. El concierto estaba inspirado en los 80 años del Premio Nobel de Gabriela Mistral y dedicado a su figura, su obra y su legado. Alejandra le entregó a la ministra un pequeño puñado de tierra traída desde Vicuña, para que se la frotara entre las manos como una forma de conectar ese escenario con la tierra de Gabriela. El público, casi sin indicación, imitó el gesto. Miles de manos frotándose al mismo tiempo. Un silencio compartido, denso, respetuoso.

La Estación estaba lista para Vibrar

Entonces comenzó Raíces y Alas, la sinfonía en cinco movimientos del compositor chileno Sebastián Errázuriz. No era solo una obra nueva; estábamos en presencia de un absoluto estreno mundial, algo que, al pensarlo con calma, creo que es la primera vez en mi vida que experimento algo así, sentada entre miles de personas, compartiendo el nacimiento de una obra que, desde ese mismo instante, ya empezaba a formar parte de nuestra memoria colectiva.

Fue cuando vinieron los primeros compases. Violines, bronces, percusión, las voces del coro, las intervenciones breves pero inmensas del coro infantil, y la potencia emocional de Javiera Barrios. Todo dialogaba.

La dirección de Alejandra Urrutia fue impecable. Su cuerpo entero conducía a más de 300 músicos y cantantes, comunicándose con cada uno, sosteniendo la emoción sin dejarla desbordar. Fue música, pero también fue infancia, memoria, cuidado, ternura.

En el movimiento titulado Infancia, la experiencia adquirió otra profundidad. Desde el fondo de la nave central apareció la figura de la destacada actriz Paulina García, caminando a paso lento por toda la Estación Mapocho, avanzando entre el público mientras su voz iba tejiendo un hilo silencioso de atención y escucha. A medida que se acercaba al escenario, narraba las palabras de Gabriela Mistral: “Muchas de las cosas que hemos menester tienen espera: el Niño, no. Él está haciendo ahora mismo sus huesos, criando su sangre y ensayando sus sentidos. A él no se le puede responder: ‘Mañana’. Él se llama ‘Ahora’”. Sentí la piel de gallina con cada frase. La manera en que Paulina habitó ese texto, diciendo a Gabriela desde su interior, conectando con el público a medida que avanzaba, volvió ese pasaje imposible de olvidar. No era solo una lectura, era una interpelación directa, íntima y urgente.

La música retomó su curso con una intensidad contenida. Las voces de los coros, la potencia expresiva de Javiera Barrios y el diálogo constante entre las distintas familias de instrumentos fueron dando forma a una obra que crecía sin estridencias, sostenida por una dirección precisa y profundamente sensible.

Cuando la última nota se extinguió, nadie se movió. Más de cinco mil personas de pie, aplaudiendo durante largos minutos. Aplausos que parecían querer retener el momento, alargar el encuentro, quedarse un poco más dentro de esa emoción compartida.

A la salida, la Estación Mapocho seguía vibrando. Familias conversando, jóvenes comentando, adultos mayores sonriendo. El concierto no terminó con la música. Continuó en esas conversaciones, en ese caminar lento hacia afuera, en la sensación de haber sido parte de algo irrepetible.

Esa noche entendí con claridad que el Gran Concierto por la Hermandad no es solo un evento cultural. Es un acto de comunidad. Un recordatorio de que cuando la música se comparte, un país respira distinto. Y que, a veces, perderse algo así es perderse un pedazo de lo esencial.

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